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¿Cuánto vale mi empresa? Por qué esa no es la primera pregunta

hace 3 horas
5 min de lectura

Pensemos en un empresario que quiere saber cuánto vale su

empresa.

La primera reacción podría ser bastante previsible: solicitar los estados financieros, revisar la información disponible, preparar las proyecciones y empezar a construir el modelo.

Pero después de conversar algunos minutos aparecen otras preguntas.

¿Quiere vender la empresa? No.

¿Está incorporando un socio? Tampoco.

¿Necesita el valor para un banco, una reorganización o una operación específica? No necesariamente.

Lo que realmente le preocupa es otra cosa.

La empresa ha crecido durante años, pero buena parte de las decisiones todavía pasan por él. Algunos clientes representan una proporción importante de las ventas. Sus hijos empiezan a participar en el negocio. Está pensando invertir, contratar más personas y quizás abrir una nueva línea, pero no tiene claro cuánto puede crecer sin comprometer la estabilidad que ha construido.

Entonces la pregunta inicial —¿cuánto vale mi empresa?— empieza a transformarse.

Quizás antes de conocer cuánto vale necesita entender qué empresa tiene hoy, hacia dónde puede llevarla y qué decisiones podrían hacerla más sólida en el futuro.

Y ahí, en mi opinión, empieza realmente una valorización.



Antes del modelo está la decisión

Quien solicita una valorización no tiene por qué conocer las diferencias entre una valorización, una proyección financiera o una evaluación económica. Conoce su problema.

Por eso una de las primeras preguntas debería ser:

¿Para qué necesita conocer el valor?

No porque el propósito permita cambiar arbitrariamente el valor de una misma empresa.

Si valorizamos exactamente el mismo activo, a la misma fecha, bajo las mismas condiciones, con la misma información y los mismos supuestos, no tendría sentido modificar el resultado simplemente porque el cliente tenga una finalidad diferente.

Lo que puede cambiar es la pregunta que debemos responder.

“Quiero vender mi empresa” puede implicar determinar el valor del 100 % del patrimonio y comprender posteriormente un posible rango de negociación.

“Uno de los accionistas quiere salir” puede llevarnos a analizar una participación específica, sus derechos y restricciones.

“Quiero incorporar un inversionista” podría requerir algo más que conocer cuánto vale la empresa hoy: cuánto capital necesita, para qué se utilizará y qué podría ocurrir después de la inversión.

En una sucesión familiar podemos incluso descubrir que conocer inmediatamente el valor no es todavía la pregunta principal. Quizás primero sea necesario comprender la situación del negocio, su dependencia de determinadas personas, sus perspectivas y las alternativas que enfrenta la familia.

En otros casos —contables, regulatorios, tributarios o vinculados a una controversia— el propósito puede determinar fechas, supuestos, bases de valor y requisitos específicos del trabajo.

Por eso, el propósito no debería utilizarse para justificar un resultado. Debe ayudarnos a definir qué pregunta estamos tratando de responder.

Recién después corresponde escoger la metodología.


Comprender la empresa antes de representarla

El valor de una empresa no nace de una hoja de cálculo. Nace de cómo funciona económicamente.

¿De dónde provienen sus ingresos?

¿Qué clientes sostienen el negocio?

¿Qué márgenes puede mantener?

¿Cuánto capital necesita para crecer?

¿Qué inversiones tendrá que realizar?

¿Qué ocurre si falta una persona determinada?

¿Qué capacidades posee que un competidor tendría dificultad en replicar?

 

Algunas respuestas aparecen en los estados financieros. Gran parte de ellas no.

Una marca, una relación comercial, el conocimiento acumulado de determinadas personas, una buena reputación o incluso determinados conflictos pueden ser económicamente relevantes.

Pero reconocer que algo es importante no significa que debamos apresurarnos a ponerle un valor.

Primero habría que explicar el mecanismo:

¿Cómo afecta ese elemento a los ingresos, los costos, el crecimiento, el riesgo o la continuidad de la empresa?

Si esa relación no puede explicarse razonablemente, asignarle una cifra puede producir más apariencia de precisión que conocimiento.


Proyectar obliga a hacer explícito el futuro

Los estados financieros cuentan principalmente una historia pasada.

Una valorización de empresa intenta comprender también un futuro posible. No porque podamos predecirlo con certeza, sino precisamente porque no podemos.

Proyectar obliga a hacer explícitas nuestras hipótesis: cuánto puede crecer el negocio, qué margen puede sostener, cuánto tendrá que reinvertir, qué podría ocurrir si pierde un cliente relevante o si un proyecto se retrasa y qué parte del crecimiento esperado depende de decisiones que todavía no han sido ejecutadas.

Ese ejercicio puede revelar algo especialmente útil: muchas veces no existe un único futuro razonable.

Existen escenarios, y analizarlos permite distinguir qué variables realmente importan.

Una empresa puede descubrir, por ejemplo, que aumentar sus ventas 10 % tiene un efecto mucho menor que reducir determinada dependencia, mejorar sostenidamente sus márgenes o evitar una inversión cuyo retorno esperado no compensa el riesgo asumido.

En ese momento, la proyección deja de ser solamente un insumo para calcular un valor.

Se convierte en una herramienta para pensar.

Para algunos empresarios, por eso, conocer inmediatamente “cuánto vale” puede no ser la primera respuesta que necesitan.

Antes puede resultar más útil comprender qué tendría que ocurrir para que la empresa que tienen hoy se convierta en la empresa que desean tener dentro de cinco años.


El modelo ayuda a pensar, pero no reemplaza el juicio

Durante años he diseñado y utilizado modelos para valorización y gestión empresarial.

Son muy útiles. Permiten ordenar información, relacionar variables, verificar consistencias, comparar escenarios y hacer visibles consecuencias que podrían pasar inadvertidas.

Pero tienen una limitación fundamental:

el modelo no sabe si aquello que le estamos diciendo tiene sentido.

Una empresa puede proyectar ventas creciendo 15 % anual durante cinco años mientras el mercado en el que opera crece 3 %.

La hoja de cálculo hará perfectamente las operaciones. Proyectará ingresos y márgenes, calculará flujos, los descontará y entregará un resultado matemáticamente consistente.

El problema no está en el cálculo.

Está en preguntarnos por qué esa empresa podría crecer cinco veces más rápido que su mercado y qué evidencia sostiene ese supuesto.

Quizás exista una razón perfectamente defendible.

O quizás simplemente colocamos 15 % en una celda porque nos pareció razonable.

Aquí aparece el juicio profesional.

Y por juicio profesional no me refiero a una opinión difícil de cuestionar.

Dos personas pueden observar la misma información, asignar distinta importancia a determinados riesgos o interpretar de manera diferente las perspectivas del negocio.

El objetivo no debería ser eliminar completamente ese juicio, sino hacerlo explícito y sustentarlo.

¿Por qué consideramos razonable determinada tasa de crecimiento? ¿Qué evidencia la respalda? ¿Qué información la contradice? ¿Qué ocurriría si utilizáramos 10 % en lugar de 15 %? ¿Cuál de esos supuestos modifica materialmente la conclusión?

Un juicio profesional razonable debería poder explicarse mediante evidencia, coherencia económica, información de mercado, experiencia relevante y contraste de alternativas.

Y cuando existe incertidumbre significativa, probablemente sea mejor mostrarla mediante escenarios, sensibilidades o rangos que esconderla detrás de una cifra aparentemente exacta.

Por eso dos profesionales independientes pueden llegar a conclusiones diferentes sin que necesariamente uno de ellos esté equivocado.

Lo relevante será entender cómo construyeron esas conclusiones.


La cifra viene al final

Durante años construyendo y utilizando modelos he llegado a una convicción:

el modelo debe ayudarnos a pensar mejor, no pensar por nosotros.

La misma precaución vale hoy para herramientas mucho más sofisticadas.

Excel no decide. La inteligencia artificial tampoco.

Pueden calcular, ordenar, comparar, encontrar relaciones y ayudarnos a formular mejores preguntas. Pero la responsabilidad de evaluar la información, reconocer la incertidumbre y asumir las consecuencias de una decisión continúa siendo humana.

La valorización terminará finalmente en una cifra, un rango o una conclusión económica.

Pero antes debería existir un recorrido:

decisión → pregunta → comprensión del negocio → información → proyección → riesgos → supuestos → metodología → valor

Cuando ese recorrido está bien construido, conocemos algo más que cuánto vale una empresa.

Comprendemos qué sostiene ese valor, qué podría deteriorarlo, qué variables tienen realmente importancia y qué decisiones pueden modificarlo.


Por eso, frente a alguien que pregunta “¿cuánto vale mi empresa?”, quizás nuestra primera obligación profesional no sea abrir el modelo.

Sea hacer una pregunta:

¿Qué decisión está tratando de tomar?


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